Moisés: El Guía que nos enseña

Moisés: El Guía que nos enseña


Cómo

guía, Moisés muestra un aspecto que es esencial para llegar a operar
espiritualmente en el liderazgo.


El

hombre y la mujer ha de asumir responsabilidades.


Tiene

la tarea de conducir, no simplemente la de hacer lo que le digan.


Como

padres de familia, el hombre y la mujer tienen una misión de guía. En
cada grupo donde uno trabaja, se es también un guía, aun estando
sometido a las órdenes de otros.


La

cuestión es cómo podemos aprender a ser guías. No llegaremos a ser
guías si nos limitamos a copiar a otros en su tarea directiva.


El primer paso a dar consiste en
entrar en contacto con el niño divino dentro de nosotros, con la propia
creatividad e inspiración. Tenemos que aprender a confiar en el propio
instinto.


El segundo paso es el encuentro
auténtico con nosotros mismos. El primer intento de Moisés por tomar las
riendas del mando termina en un fracaso. Tiene que marchar a un país
extraño y enfrentarse con su propia impotencia y sus limitaciones. Y
tiene que esperar a que Dios le llame. Uno no puede constituirse a sí
mismo en guía. En última instancia es una misión recibida no de los
hombres, sino de Dios.


Y
entonces Moisés tiene que aprender a llevar adelante la voluntad de
Dios -se podría decir también la visión de Dios- frente a toda clase de
oposición.


Para ello se hacen
necesarias tres condiciones. Por una parte, la mansedumbre o la
humildad.


El guía tiene que estar
en paz consigo mismo para no arrojar sus sombras sobre los guiados y
evitar así toda-clase de confusión.


Por

otra parte, el distanciamiento reiterado y el diálogo con Dios.


Este

diálogo no es sólo una meditación silenciosa, sino un hacer partícipe a
Dios de los propios sentimientos, también del enfado, del miedo y de la
impaciencia. La oración se parece con frecuencia al grito y al lamento
de Moisés.


Nosotros gritamos
nuestro enojo y nuestra decepción ante Dios desde lo más profundo de
nuestro ser. Nos lamentamos y quejamos. Pero mientras expresamos a Dios
nuestros sentimientos, estos pueden ir transformándose. Las inmundicias
internas de las emociones se van depurando.


El

que guía a otros tiene que limpiar continuamente la suciedad que en él
van depositando las emociones negativas de los compañeros. No puede
dejarse contaminar por esta suciedad. No puede dejarse contagiar ni de
las protestas ni de la resignación.


La

tercera condición es el adecuado empleo de la agresividad. A pesar de
su mansedumbre, Moisés se muestra a veces agresivo. Hace trizas las dos
losas de piedra con los mandamientos. Manifiesta su agresividad en el
diálogo con Dios. Actúa así ante Dios para poder después presentarse de
manera adecuada con su agresividad ante el pueblo.


Su

agresividad le ayuda a perseguir su objetivo con tenacidad y a no
resignarse. Le da fuerzas para superar las contrariedades. La
agresividad es, junto con la sexualidad, la más importante energía
vital, que nos capacita para ser creativos. Quien cercena su
agresividad, carece de fuerza.


La

maduración como hombre o mujer espiritualmente se encuentra a veces en
el estancamiento en una cómoda mediocridad que necesita del recto uso de
la agresividad.


Agresividad viene de
ad-gredi, que significa acercarse. La agresividad es la fuerza para
asumir las cosas, en lugar de esquivarlas. La agresividad es la fuente
desde la que el hombre crea, llevando adelante aquello que considera
correcto incluso contra la oposición de hombres que prefieren
conformarse con lo de siempre.


La

agresividad es un impulso importante para progresar. La agresividad no
pretende destruir, sino emprender algo nuevo, regulando la relación con
lo cercano y lo distante. Si yo soy agresivo, frecuentemente es porque
otros se han extralimitado conmigo. La agresividad es la fuerza de
marcar los límites entre uno mismo y los demás para que uno pueda entrar
en contacto consigo mismo y con sus impulsos interiores. La agresividad
es la energía para llevar a efecto las propias ideas, aun con la
oposición de dentro y de fuera.


Hablando

de una correcta agresividad, en la competición es donde los deportistas
descubren la fuerza que se esconde en ellos. El rival deportivo ayuda a
crecer. Un rival más fuerte estimula al corredor a acelerar todavía más
su carrera. La agresividad otorga al hombre la fuerza de resistir y de
mantenerse firme en su visión de las cosas frente a cualquier
contrariedad.


Pero la agresividad
necesita también el continuo distanciamiento interior.


Moisés

sube a la montaña para distanciarse y poder conocer dónde y cómo ha de
utilizar su agresividad.


Moisés

encarna lo que Walter Hollstein espera hoy del hombre. Hollstein piensa
que el hombre debe reclamar en sí lo prometeico: «idear la aventura del
espíritu, concebir perspectivas y utopías, demostrando con ello que los
hombres pueden todavía hoy levantar indicadores y transmitir
orientación; tener el valor de afrontar los problemas, en lugar de
desplazarlos y de incapacitarse así para la acción; abandonar la
posición de poder y optar por la libertad».


Moisés

se comprometió por la vida. Se entregó al desarrollo espiritual de su
pueblo y, resistiendo la oposición de los perezosos, lo condujo hacia la
libertad. Esta capacidad no la tuvo desde el principio. Se decidió con
la llamada que Dios hizo recaer sobre él cuando él se sentía inútil,
inseguro y olvidado. Quien, como Moisés, se embarca en la pedagogía de
Dios y se deja conducir por él hacia la libertad, ese conseguirá ser
hombre o mujer espiritual de verdad, capaz de conducir también a otros a
la libertad y a la vida.

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