Conócete a ti mismo: Moisés

Conócete a ti mismo: Moisés‏
From:


jesus barragan (mat.22_37@live.com)

Sent: Mon 6/07/10 8:43 AM
To:


Conócete a ti mismo: Moisés



Moisés
es el guía. Conduce a su pueblo desde la esclavitud de Egipto a la
libertad de la Tierra Prometida. Moisés es el que sabe guiar a otros
hombres. Moisés se prepara a sí mismo para guiar.


La
Biblia nos describe el camino, el modo en que Moisés va aprendiendo a
conducirse a sí mismo y a conducir al pueblo. Moisés no nace siendo ya
un guía, y en su función de guía no todo irá sobre ruedas. En primer
lugar, ya desde su nacimiento, Moisés es un niño favorecido.


Moisés: El Niño


El
faraón había ordenado que se matara a todos los muchachos recién
nacidos. Cuando Moisés nació, la madre vio que era un hermoso niño. Su
corazón no soportaba el hecho de tener que matarlo. Así, pues, lo
escondió durante tres meses. Después lo colocó en una cesta sobre el
Nilo. La hija del faraón encontró la cesta con el niño llorando. Lo tomó
como su propio hijo y le dio el nombre de Moisés: «Yo lo saqué de las
aguas» (Ex 2,10).


Moisés
es un ejemplo para todos nosotros. Todos somos en definitiva niños en
peligro, hijos e hijas del faraón, hijos e hijas del sol. Pero tenemos
que crecer en país extraño, expuestos a la intemperie y a los peligros
de la vida.


El mito del niño en
peligro, que goza de un don extraordinario y que tiene en última
instancia un origen divino, es un mito ampliamente difundido: comienza
por Rómulo y Remo, pasa por Edipo, Krishna, Perseo, Sigfrido, Buda,
Heracles, Gilgamés y llega hasta Jesús, que tiene que huir a Egipto en
su niñez. El mito nos muestra que todos nosotros somos criaturas divinas
en peligro.


Pero si conseguimos
entrar en contacto con el niño divino que hay en nosotros, descubriremos
ya nuestro propio carisma y la misión a la que Dios nos envía.


No
podemos quedarnos en el niño herido, que somos también nosotros. El
niño divino se encuentra en nosotros para que vayamos renovándonos y
lleguemos a ser el yo verdadero e indemne, protegido interiormente por
Dios en todos los peligros de la vida.


Moisés: El Proceso Interno


Moisés
crece. Al ver que un egipcio maltrataba a un hebreo, lo mata y lo
encierra en la arena. Al día siguiente quiere cortar la pelea entre dos
hebreos. Uno de ellos menciona entonces la muerte del egipcio. Moisés
huye a Madián. Allí se casa con una hija del sacerdote en funciones. A
su hijo le pone el nombre de Guersón (huésped extraño, emigrante en
tierra extranjera, en el yermo, en el desierto).


Moisés
se siente angustiado. Tiene que pasar la vida en tierra extraña. Su
primer intento de tomar las riendas había fracasado.


Confió
en sus propias fuerzas, sin haberse encontrado todavía consigo mismo y
con su propia debilidad. Evidentemente, sólo puede guiar a los demás
aquel que ha saboreado la angustia y que en país extraño ha vivido
dolorosamente su soledad y su falsa de capacidad para guiar.


Moisés: El encuentro con Dios


Cuando
Moisés pastoreaba las ovejas y las cabras de su suegro, «se le apareció
un ángel del Señor como una llama que ardía en medio de una zarza» (Ex
3,2). Desde la zarza ardiente le habla Dios: «He visto la aflicción de
mi pueblo en Egipto… Te envío al faraón para que saques de Egipto a mi
pueblo, a los israelitas» (Ex 3,7.10).



Sólo
aquella persona que tiene la humildad y sabiduría para reconocer que
guiarse por sí mismo sin Dios es un camino de completo fracaso comienza
demuestra que puede guiar a otros.


Lo
declara la Biblia:

Salmo 111:10

El
temor de Jehová es el principio de la sabiduría. Todos los que las
ponen por obra tienen buena perspicacia. Su alabanza subsiste para
siempre.


Proverbios
9:10

El temor de Jehová es el comienzo de la
sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es lo que el entendimiento
es.



Moisés
se resiste. Pregunta primero por el nombre de Dios, y Dios se le revela
como Yavé, o Jehová como «Yo soy el que soy» (Ex 3,14).


Después
vienen las dudas personales. ¿Cómo va él a convencer al pueblo? Yavé le
señala el instrumento que ha de utilizar para convencer al pueblo.
Moisés alude finalmente a su dificultad para hablar. Dios se enfada con
Moisés y le ordena tomar a su hermano Aarón como su portavoz.


Moisés
no es el líder de nacimiento, que asume una tarea de guía plenamente
consciente de su capacidad. Tiene que experimentar antes su propia
impotencia y su inaptitud, que él reconoce en la imagen de la zarza.
Moisés no cree que los hombres vayan a escucharle, y sufre por la
torpeza de su lengua.


Dios
tiene que empujarle para que acepte su misión. Dios le envía a su
pueblo, y no desiste de encomendarle aquella misión de guía por muchos
que sean los reparos personales aducidos por Moisés.


Muchos
hombres que tienen una posición directiva dentro de una empresa piensan
que ellos eran líderes ya de nacimiento. Tales hombres, sin embargo,
suelen pasar por encima de sus empleados en su función directiva.


Sólo
cuando los hombres son conscientes, como Moisés, de su propia
impotencia, guían de manera cautelosa. Tienen entonces un ojo sobre los
intereses de sus empleados y comprenden mejor qué es lo importante a la
hora de dirigir.


Moisés: Inicia su Misión


No
es tarea fácil la que asume Moisés. El pueblo se convence enseguida,
gracias al poder de su vara. Pero cuando la resistencia del faraón
contra el pueblo se hace más fuerte, el pueblo comienza a murmurar. Todo
se complica cada vez más en su intento de liberar al pueblo. Después
Moisés tiene que enfrentarse duramente con el faraón para hacer que deje
marchar al pueblo. Tampoco esto se consigue sin la firme oposición del
faraón. Sólo con las muchas plagas que Dios manda sobre Egipto se deja
convencer el faraón de que ha de permitir la salida del pueblo. Las
plagas hacen pensar en la oposición que suscita la orden actualmente
vigente de tener que dejarlo todo con la edad.


Cualquiera
que dirige un grupo, una empresa, una sociedad, sabe lo dura que puede
ser esta oposición. Todo se eclipsa. Caen langostas sobre las cosechas y
todo parece quedar destruido. Para no ceder ante esta oposición y no
caer en la resignación, se necesita tener una gran confianza en el Dios
que envía.



Moisés
logra, finalmente, sacar al pueblo de Egipto. Pero el faraón lo
persigue. El pueblo está ante el mar y ve que los egipcios se acercan
impetuosamente. Entonces se rebela contra Moisés: «¿Nos has sacado de
Egipto para hacernos esto?. ¿No te decíamos que nos dejaras tranquilos
sirviendo a los egipcios?» (Ex 14,11-12). Difícil es para Moisés
conducir a un pueblo hacia la libertad, a un pueblo que, ante cada paso
hacía la libertad, se llena de miedo y añora las ollas de carne de
Egipto. Prefiere seguir en esclavitud a afrontar los peligros del
desierto.


Moisés: Guía Espiritual en el Desierto


Pero
el camino hacia la libertad pasa necesariamente por el peligro del
hundimiento y de la sed hasta morir. Incluso después del paso victorioso
por el mar Rojo, donde perecieron los perseguidores egipcios, el pueblo
sigue murmurando ante cualquier contrariedad. El milagro del mar Rojo
no les ha persuadido. Moisés se ve obligado a levantar continuamente su
grito de ayuda a Dios. El sufre por la pesada carga de aquel pueblo y se
queja a Dios: «¿Qué voy a hacer con este pueblo? ¡Un poco más y me
apedrean!» (Ex 17,4).



Dios
muestra a Moisés cómo puede contentar al pueblo en sus necesidades.
Cuando los amalequitas atacan al pueblo, Moisés no lucha en primera
fila. Sube al monte y desde allí reza por el pueblo.


El
mantiene viva la relación con Dios. Es consciente de que sólo se puede
conseguir con la ayuda de la oración. La oración fortalece al pueblo en
su lucha contra los amalequitas.


Moisés
no es sólo el que reza; es también el que juzga. A él se acerca la
gente a lo largo de todo el día para que dirima sus pleitos e imparta
justicia. Cuando su suegro vio esto, dijo a Moisés: «Tu procedimiento no
es bueno. Os agotaréis tú y el pueblo que acude a ti, porque es una
carga demasiado pesada para ti, y tú solo no puedes con ella» (Ex
18,17-18).


Moisés hizo caso del
consejo de su suegro y delegó su tarea de guía. Estableció como jueces a
personas de confianza. No se apega a su poder. Es capaz de percibir que
también tiene que cuidar de sí mismo si quiere dirigir al pueblo por
mucho tiempo.



En el Sinaí, Moisés recibe una nueva
misión. Pasa a ser para el pueblo el legislador y el guía en la
experiencia de Dios. Moisés sube solo al monte y allí se encuentra con
Dios.


Después cuenta al
pueblo lo que Dios le ha dicho. El pueblo ha de purificarse y prepararse
para el encuentro con Dios en el espacio de tres días. Al amanecer del
tercer día comienza a tronar y relampaguear. El pueblo tiembla de miedo.
«Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de
Dios» (Ex 19,17).


La misión de Moisés es,
pues, la de purificar al pueblo para Dios y la de prepararle para el
encuentro con él. No basta con que Moisés transmita al pueblo lo que
Dios le ha comunicado a él. Ha de introducir al pueblo en la experiencia
de Dios. Es un mistagogo (= sacerdote) que abre al pueblo los ojos para
que pueda percibir el misterio de Dios.


Pero,
después, Moisés sube solo a la montaña. Allí recibe los mandamientos en
dos tablas de piedra, «escritas por el mismo dedo de Dios» (Ex 31,18).
Mientras Moisés está en el monte, el pueblo de Dios se pervierte y se
fabrica un becerro de oro, imagen del Dios de la victoria y la
fertilidad.


Es una experiencia que
tienen muchos guías. Los hombres gustan entregarse con satisfacción a lo
que ven y a lo que les promete éxito de inmediato. Las visiones quedan
muy lejos. ¿Quién sabe todo lo que sucede allí, sobre el monte? Es mejor
gozar del momento presente que embarcarse en un camino difícil hacia el
futuro. Moisés desciende de la montaña y ve al pueblo danzando en torno
al becerro de oro.


Lleno
de ira, rompió las tablas de la ley. Su intento de llevar al pueblo a
un buen futuro parecía haber fracasado.



Moisés: El Resplandeciente


Dios
ordenó a Moisés tallar otras dos losas de piedra y subir con ellas a la
montaña. Cuarenta días y cuarenta noches permaneció Moisés sobre el
monte. Durante ese tiempo ayunó. Después descendió otra vez. Su piel
estaba resplandeciente. «Aarón y los israelitas miraban a Moisés; su
rostro era luminoso, y temieron acercarse a él» (Ex 34,30).


Moisés
es aquel que habla familiarmente con Dios, cara a cara. Tan pronto como
habla con Dios, su piel comienza a resplandecer. Para evitar el temor
de los israelitas, tiene que ponerse siempre un velo sobre el rostro.


Aquí
se hace perceptible otro aspecto de Moisés. Él es el amigo de Dios. Se
le permite hablar con Dios. Puede estar en su presencia. Esto le
transforma.


Le convierte en una
figura resplandeciente, lo cual le otorga una nueva autoridad ante su
pueblo. Moisés es el legislador del pueblo. Pero los mandatos que él da
no son prescripciones rígidas que sólo sirven para que los hombres
caminen encorvados. Provienen de la experiencia de Dios y también de la
experiencia de la propia debilidad. Moisés recibe estos mandamientos del
mismo Dios, y los recibe en un monte, allí donde Dios se hace
especialmente cercano.


Quien
ha de guiar a otros tiene que distanciarse una y otra vez de ellos,
para experimentar, sobre el monte, en soledad la cercanía de Dios.


Necesita
tomar distancias de los quehaceres cotidianos para adquirir perspectiva
desde lo alto. Si en la soledad pone ante Dios su persona y su
impotencia, hará después lo correcto desde Dios.


Sus
consignas, lejos de ser irrelevantes, abrirán el cielo a los hombres.
Pero antes de poder transmitir a los demás lo que Dios quiere de ellos,
él mismo tiene que dejarse transformar e iluminar por Dios.


Ya
que Moisés es el que ha tenido experiencia de Dios y el que ha sido
transfigurado mediante el encuentro con Dios, el pueblo acepta lo que él
dice.


Moisés: Su relación con Israel


Después
de la profunda experiencia de Dios en el monte Sinaí, el pueblo deja
sentir una y otra vez su oposición a Dios y a Moisés. Cae en la
autocompasión:


«¡Ojalá
tuviéramos carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que
comíamos en Egipto de balde, de los pepinos y melones, de los puerros,
cebollas y ajos! Ahora languidecemos, pues sólo vemos maná» (Núm
11,4-6).


Moisés se queja ante
Dios: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué me has retirado tu
confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo?… Yo solo no
puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí» (Núm
11,11.14).


Los hombres con una
función directiva comprenden este lamento. A ellos les pasa a veces lo
mismo que a Moisés. Experimentan su misión como una carga. Los empleados
parecen no comprender lo que se les quiere decir. Dios le ordena a
Moisés que tome consigo a setenta hombres. A ellos les dará Dios algo
del espíritu que reside en Moisés, de forma que este no tenga ya que
llevar solo la responsabilidad de todo. Muchos hombres prefieren quedar
aniquilados bajo su carga a repartirla sobre los hombros de otros y a
solucionar juntos los problemas.


Moisés
tiene que batirse siempre con nuevos obstáculos y contrariedades. Envía
exploradores al país que Dios les había prometido. Ellos retornan con
frutos de aquel país. Pero atemorizan al pueblo diciendo que el país
está habitado por gigantes, contra los que nunca podrán combatir.


El
que guía a otros tiene siempre que contar con hombres que actúan a
contracorriente, que ponen reparos a cualquier plan o proyecto de la
empresa. Ven siempre sólo lo negativo. En lugar de alegrarse por los
frutos que ofrece el nuevo país, centran su mirada en los gigantes que
aparecen en el camino.



Se
necesita mucha paciencia para mantenerse firme en el objetivo,
superando continuamente los obstáculos. Por diez veces murmuró el pueblo
contra Dios y contra Moisés. En todas y cada una de las ocasiones,
Moisés se convierte en su intercesor.


Dios,
dispuesto siempre a perdonar al pueblo, se deja conmover. Pero los que
han murmurado deben morir. Sólo sus hijos verán el país amado. Durante
treinta y ocho años todavía tendrá que vagar el pueblo por el desierto.


Y
continuamente surgirán nuevas oposiciones y rebeliones. En todos estos
conflictos, Moisés no se rinde nunca; siempre está allí para ayudar al
pueblo. Pero por haber dudado una vez de que Dios pudiera realmente
abastecer al pueblo de agua, tampoco él entrará en el país amado. Debe
dejar en otras manos el resultado de sus esfuerzos. Sube al monte Nebo
para contemplar el país que Dios había prometido al pueblo. Nombra
después a un sucesor y muere. El pueblo lo entierra en el valle de Moab.
Pero hasta hoy nadie sabe dónde se encuentra la tumba de Moisés.


Un
destino singular le toca vivir a Moisés. Por una parte, él es el más
grande de los profetas. Los israelitas lo siguen invocando. El es el
amigo de Dios. Sólo a él se le permite hablar con Dios cara a cara,
«como un hombre habla con su amigo» (Ex 33,11). Pero Dios le priva del
último deseo, de la última conquista. El podrá solamente contemplar el
país hacia el que ha conducido al pueblo. Será otro quien lo introduzca.


Moisés
fue el guía que tuvo que soportar al pueblo, que tuvo que cargar una y
otra vez con sus conflictos. Pero de él se dice también que «era el
hombre más humilde y sufrido del mundo» (Núm 12,3). Evagrio Póntico
traduce la palabra «humilde» por «manso». En su mansedumbre, según él,
Moisés es un ejemplo para cualquier director espiritual, que podrá
conducir a otros a Dios sólo si ha conseguido vencer sus pasiones.


Moisés: El más Manso de los
Hombres


La mansedumbre es la
actitud de un hombre que está en paz consigo mismo. La humildad habla
más bien del valor que uno tiene para afrontar sus propias sombras.
Moisés, el gran guía, fue a la vez manso y humilde. Siempre fue
consciente de sus limitaciones y debilidades. Esto no es muy común en
hombres que están en un cargo de responsabilidad. Con frecuencia pasan
por alto sus debilidades para aparecer fuertes ante todos los demás.


La
verdadera fortaleza, sin embargo, consiste en afrontar las propias
sombras y reconciliarse con ellas.


El
proceso de maduración personal que Moisés tuvo que recorrer es el
proceso obligado para todo el que desee llegar a ser una persona
completa, llena de la plenitud del Cristo.


Tiene
que aprender a asumir responsabilidades y a afrontar los conflictos que
le competen por razón de su responsabilidad.


Tiene
que aprender a resistir frente a las desavenencias de un «pueblo», que
siempre protesta y que desea volver al seno materno.


Si
yo veo al pueblo como referente de lo que uno ha de hacer para llegar a
tener madurez espiritual, esto significa lo siguiente: Moisés tiene que
oponerse a la actitud regresiva de retornar al seno materno, a las
ollas de carne de Egipto. Dentro de nosotros anida el deseo de libertad.
Pero al mismo tiempo sentimos miedo a la libertad, ya que para
conseguir la libertad tenemos que renunciar a la vieja seguridad: a la
protección de la madre o de instituciones maternales, como la Iglesia o
la empresa.


Llegar a ser un hombre o
mujer maduros espiritualmente significa asumir el riesgo de adentrarse
en el desierto y de experimentar en el camino hambre y sed, sin tener la
seguridad de que el camino conduce a la meta, al país amado, donde uno
puede sentirse plenamente realizado. En el camino hacia la libertad,
muchos hombres desean volver al paraíso perdido de la niñez. En el
camino hacia la libertad, nos vemos confrontados con nuestras más
profundas indigencias, con nuestra necesidad de atención y seguridad, de
protección y de hogar.


Pero
el camino hacia la libertad pasa por el abandono de la seguridad y la
dependencia. El camino pone al descubierto los más profundos miedos que
hay en nuestro interior.


Moisés
sale al paso de sus miedos y necesidades, de su resistencias internas y
sus tendencias regresivas, dirigiéndose una y otra vez a Dios en la
oración y recibiendo de Dios el apoyo que precisa en su rebelión
interior. Su oración no es simplemente asentimiento, sino una lucha con
Dios. Pelea con Dios. Se querella con él. Pide cuentas a Dios de la
carga que le ha impuesto.


Pero
no desiste. Aun cuando el pueblo siempre le decepciona, mantiene firme
su confianza en él y en la promesa que Dios ha hecho a este pueblo de
dura cerviz.


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